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Lecturas
El Paraguay visto por Eduardo Galeano
El escritor uruguayo
estuvo presente en la asunción de Fernando Lugo y brindó
una conferencia en el Teatro Municipal. El Paraguay nunca
fue ajeno a sus hermosas crónicas literarias. A continuación
un fragmento de su libro "Las venas abiertas de América
Latina".
***
El hombre viajaba a mi lado, silencioso. Su
perfil, nariz afilada, altos pómulos, se recortaba
contra la fuerte luz del mediodía. Íbamos rumbo
a Asunción, desde la frontera del sur, en un ómnibus
para veinte personas que contenía, no sé cómo,
cincuenta. Al cabo de unas horas, hicimos un alto. Nos sentamos
en un patio abierto, a la sombra de un árbol de hojas
carnosas. A nuestros ojos, se abría el brillo enceguecedor
de la vasta, despoblada, intacta tierra roja: de horizonte
a horizonte, nada perturba la transparencia del aire en Paraguay.
Fumamos. Mi compañero, campesino de habla guaraní,
enhebró algunas palabras tristes en castellano. ?Los
paraguayos somos pobres y pocos?, me dijo. Me explicó
que había bajado a Encarnación a buscar trabajo,
pero no había encontrado. Apenas si había podido
reunir unos pesos para el pasaje de vuelta. Años atrás,
de muchacho, había tentado fortuna en Buenos Aires
y en el sur de Brasil. Ahora venía la cosecha del algodón
y muchos braceros paraguayos marchaban, como todos los años,
rumbo a tierras argentinas. ?Pero yo ya tengo sesenta y tres
años. Mi corazón ya no soporta las demasiadas
gentes?.
Suman medio millón los paraguayos que han abandonado
la patria, definitivamente, en los últimos veinte años.
La miseria empuja al éxodo a los habitantes del país
que era, hasta hace un siglo, el más avanzado de América
del Sur. Paraguay tiene ahora una población que apenas
duplica a la que por entonces tenía y es, con Bolivia,
uno de los dos países sudamericanos más pobres
y atrasados. Los paraguayos sufren la herencia de una guerra
de exterminio que se incorporó a la historia de América
Latina como su capítulo más infame. Se llamó
la Guerra de la Triple Alianza. Brasil, Argentina y Uruguay
tuvieron a su cargo el genocidio. No dejaron piedra sobre
piedra ni habitantes varones entre los escombros. Aunque Inglaterra
no participó directamente en la horrorosa hazaña,
fueron sus mercaderes, sus banqueros y sus industriales quienes
resultaron beneficiados con el crimen de Paraguay. La invasión
fue financiada, de principio a fin, por el Banco de Londres,
la casa Baring Brothers y la banca Rothschild, en empréstitos
con intereses leoninos que hipotecaron la suerte de los países
vencedores.
Una excepción americana
Hasta su destrucción, Paraguay se erguía como
una excepción en América Latina: la única
nación que el capital extranjero no había deformado.
El largo gobierno de mano de hierro del dictador Gaspar Rodríguez
de Francia (1814-1840) había incubado, en la matriz
del aislamiento, un desarrollo económico autónomo
y sostenido. El Estado, omnipotente, paternalista, ocupaba
el lugar de una burguesía nacional que no existía,
en la tarea de organizar la nación y orientar sus recursos
y su destino. Francia se había apoyado en las masas
campesinas para aplastar la oligarquía paraguaya y
había conquistado la paz interior tendiendo un estricto
cordón sanitario frente a los restantes países
del antiguo virreinato del Río de la Plata. Las expropiaciones,
los destierros, las prisiones, las persecuciones y las multas
no habían servido de instrumentos para la consolidación
del dominio interno de los terratenientes y los comerciantes,
sino que, por el contrario, habían sido utilizados
para su destrucción. No existían, ni nacerían
más tarde, las libertades políticas y el derecho
de oposición, pero en aquella etapa histórica
sólo los nostálgicos de los privilegios perdidos
sufrían la falta de democracia. No había grandes
fortunas privadas cuando Francia murió, y Paraguay
era el único país de América Latina que
no tenía mendigos, hambrientos ni ladrones; los viajeros
de la época encontraban allí un oasis de tranquilidad
en medio de las demás comarcas convulsionadas por las
guerras continuas. El agente norteamericano Hopkins informaba
en 1845 a su Gobierno que en Paraguay ?no hay niño
que no sepa leer y escribir...?. Era también el único
país que no vivía con la mirada clavada al otro
lado del mar. El comercio exterior no constituía el
eje de la vida nacional; la doctrina liberal, expresión
ideológica de la articulación mundial de los
mercados, carecía de respuestas para los desafíos
que Paraguay, obligado a crecer hacia dentro por su aislamiento
mediterráneo, se estaba planteando desde principios
de siglo. El exterminio de la oligarquía hizo posible
la concentración de los resortes económicos
fundamentales en manos del Estado, para llevar adelante esta
política autárquica de desarrollo dentro de
fronteras.
De Las venas abiertas de América Latina, 1971
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